“John Doe”, Panama Papers: secretos del dinero sucio

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“No trabajo para ningún gobierno o agencia de inteligencia y jamás lo haré.” Primer comunicado de informante de Panama Papers.

Panama Papers, secretos del dinero sucio

por “John Doe”, traducido por Lili Mendoza

La siguiente es fiel traducción de la publicación de Süddeutsche Zeitung, el primer medio de comunicación en recibir el caudal de data financiera contenida en los Panama Papers. Por primera vez desde la revelación del escándalo, su informante salió a la luz (Mayo, 2016), si bien desde el anonimato, para dirigirse a la población del mundo. Sin embargo, y considerada la cobertura dada a los Panama Papers, los medios que entonces se escandalizaron pusieron el Manifiesto en apagón mediático. Como escritor y traductor, es mi deber ciudadano y humano prestar mi pluma a ese mismo mundo que hoy lucha en la oscuridad de la opresión.

Lili Mendoza
En Panamá, Rep. de Panamá
27 de enero de 2017

Hace más de un año, la Süddeutsche Zeitung fue contactada por una fuente empeñada en permanecer en el anonimato. La fuente se identificó a sí misma como “John Doe” y ofreció data interna de la firma legal panameña Mossack Fonseca. Süddeutsche Zeitung decidió analizar la data en cooperación con el Consorcio Internacional de Periodistas Investigativos (ICIJ, por sus siglas en inglés). En el transcurso de la investigación, la tarea de cooperación abarcó a más de 100 organizaciones mediáticas en más de 80 países. La publicación de los Panama Papers conmocionó a todo el planeta: Políticos y funcionarios públicos se vieron forzados a renunciar, hubo gran cantidad de protestas y las noticias tuvieron como consecuencia allanamientos e investigaciones en docenas de países.

Ahora “John Doe”, la fuente anónima, envía un manifiesto a SZ, que puede interpretarse como una justificación de sus acciones – y un llamado a la acción. El manifiesto y su inherente postura política no tuvo influencia editorial alguna en los reportajes de SZ o en ninguna de las otras organizaciones mediáticas que cooperaron –y tampoco les influirá en el futuro. SZ no tuvo que acceder a condición alguna, en cuanto a los reportajes, a cambio de la información contenida en los Panama Papers.

Manifiesto

La desigualdad de ingreso es uno de los problemas que definen nuestra época. Nos afecta a todos, en todo el mundo. El debate en torno a su aceleración súbita ha recrudecido por años, sin que políticos, académicos y activistas logren frenar su crecimiento continuo, a pesar de innumerables discursos, análisis estadísticos, unas cuantas protestas y uno que otro documental. Aún así, persisten las preguntas: ¿Por qué? Y ¿por qué ahora? Los Panama Papers brindan una respuesta convincente a estas preguntas: Corrupción masiva, generalizada. Y no es sólo una coincidencia que la respuesta provenga de una firma de abogados. Más que un simple diente del engranaje de la “administración de riqueza,” por décadas Mossack Fonseca utilizó su influencia para redactar y torcer leyes en todo el mundo a favor de los intereses de criminales. En el caso de la Isla de Niue, la firma de hecho operaba un paraíso fiscal de principio a fin. Ramón Fonseca y Jürgen Mossack nos quieren hacer creer que las sociedades ficticias, a veces denominadas “sociedades de interés privado,” son lo mismo que un carro. Pero quienes venden carros de segunda mano no redactan leyes. Y el único “interés privado” de los carros ensamblados era más veces que otras, el fraude a gran escala.

Las sociedades de interés privado a menudo se asocian con el delito de evasión fiscal, sin embargo los Panama Papers demuestran más allá de toda duda que, a pesar que las sociedades de interés privado no son ilegales por definición, sí se utilizan para perpetrar una amplia gama de delitos cuya gravedad sobrepasa la evasión fiscal. Decidí desenmascarar a Mossack Fonseca porque creo que sus fundadores, empleados y clientes deben responder por su participación en estos delitos, de los que hasta ahora, sólo unos cuantos han salido a la luz. Pasarán años, posiblemente décadas, antes de que sepamos la magnitud de los actos delictivos de la firma.

Mientras tanto, un nuevo debate global ha comenzado, lo que es alentador. A diferencia de la retórica política de antaño, que omitía cuidadosamente cualquier indicio de mala fe de parte de la élite, el nuevo debate se enfoca en lo importante.

A ese respecto tengo algunas consideraciones.

Sépase, no trabajo para ningún gobierno o agencia de inteligencia, ya sea de forma directa o como contratista, y jamás lo haré. Mi punto de vista es enteramente mío, al igual que mi decisión de compartir los documentos con Süddeutsche Zeitung y el Consorcio Internacional de Periodistas Investigativos (ICIJ, por sus siglas en inglés), no con fines políticos específicos, si no simplemente porque entiendo lo suficiente acerca de sus contenidos como para darme cuenta de la magnitud de las injusticias descritas en dichos documentos.

El arco narrativo que hasta ahora prevalece en los medios de comunicación se enfoca en el escándalo de lo que es legal y permitido por el sistema. Lo que permite ciertamente es escandaloso y debe cambiarse. Pero no debemos perder de vista otro hecho importante: La firma, sus fundadores y empleados violaron un gran espectro de leyes; a sabiendas y repetidas veces. A la vista pública se declararon ignorantes, pero los documentos demuestran clara premeditación y alevosía. Cuando menos, ya sabemos que Mossack personalmente se implicó al dar falso testimonio ante una corte federal de Nevada, y también sabemos que su personal de tecnología informática (IT) intentó encubrir las mentiras subyacentes.

Todos deben ser procesados sin trato especial alguno.

Al final, miles de casos penales deben surgir de los Panama Papers, si las autoridades del orden público pudiesen tan solo tener acceso y evaluar los documentos en sí. ICIJ y sus publicaciones asociadas han declarado, muy correctamente, que no brindarán estos documentos a las agencias del orden público. Yo, sin embargo, estaría dispuesto a cooperar con las agencias policiales en la medida de lo posible.

Dicho esto, he visto cómo, una tras otra, las vidas de informantes y activistas en Estados Unidos y Europa han sido destruidas por las circunstancias en que se encuentran luego de revelar injusticias obvias e intencionales. Edward Snowden permanece atrapado en Moscú, exiliado, luego que el gobierno de Obama decidiera elevar cargos penales bajo la Ley de Espionaje. Por sus declaraciones sobre la NSA, [Snowden] merece una bienvenida de héroe y un premio sustancial. A Bradley Birkenfeld se le otorgaron millones por su información concerniente al banco suizo UBS–y a pesar de ello el Departamento de Justicia le sentenció a prisión. Hoy, Antoine Deltour es enjuiciado por dar información a periodistas sobre cómo Luxemburgo otorgó acuerdos fiscales “de noviazgo” a corporaciones multinacionales, de hecho robando billones del ingreso fiscal de sus naciones vecinas. Y hay muchos más ejemplos.

Los informantes legítimos que exponen injusticias obvias e indefendibles, ya sean nacionales o extranjeros, merecen inmunidad como retribución de parte de sus gobiernos, punto. Hasta que los gobiernos implementen la protección legal de los informantes, las agencias policiales tendrán que depender de sus propios recursos o de la constante cobertura mediática global para obtener los documentos.

Mientras tanto, apelo a la Comunidad Europea, al Parlamento Británico, al Congreso de los Estados Unidos y a todas las naciones a actuar de inmediato, no sólo para proteger a los informantes, si no también para acabar con el abuso global de récords corporativos. En la Unión Europea, los registros de cada estado miembro deben ser de libre acceso y contener información detallada a plena vista sobre sus verdaderos y finales beneficiarios. Hasta ahora, el Reino Unido puede estar orgulloso de sus iniciativas nacionales, pero aún tiene un papel vital que cumplir dando fin al secretismo financiero en varios de sus territorios que son, de forma incuestionable, la piedra angular de la corrupción institucional en todo el mundo. Y los Estados Unidos, por supuesto, no pueden seguir confiando en que sus cincuenta estados tomen decisiones cabales acerca de su propia data corporativa. Ya es harto tiempo de que el Congreso intervenga e imponga transparencia, estableciendo estándares para la divulgación y el acceso público.

Y mientras una cosa es exaltar las virtudes de la transparencia gubernamental en cumbres y entrevistas, es otra muy distinta implementarla. Es un secreto a voces que en los Estados Unidos los funcionarios electos emplean la mayoría de su tiempo en recaudar fondos. La evasión fiscal no podrá solucionarse si los funcionarios electos siguen mendigando dineros a la misma élite que tiene más incentivos para evadir impuestos que ningún otro segmento de la población. Estas desabridas prácticas políticas han llegado a ciclo completo y son irreconciliables. Urge la reforma del defectuoso sistema de financiamiento electoral de los Estados Unidos.

Por supuesto, estos no son los únicos problemas que necesitan solución. El Primer Ministro de Nueva Zelanda, John Key, ha permanecido curiosamente mudo sobre el rol de su país en permitir esa Meca del fraude que son las Islas Cook. En Inglaterra, los Tories [miembros del partido conservador] han sido desvergonzados en el encubrimiento de sus propias prácticas en lo concierniente a sociedades offshore, mientras Jennifer Chasky Calvery, directora de la Red Policial de Delitos Financieros de la Tesorería de los Estados Unidos, acaba de anunciar su renuncia para ahora trabajar con HSBC, uno de los bancos más notorios del planeta (y, no es coincidencia, con sede en Londres). Y de esa forma, el familiar silbido de la puerta giratoria de los Estados Unidos hace eco en el casi ensordecedor silencio de miles de beneficiarios verdaderos y finales alrededor del mundo que esperan con ansias que su reemplazo sea igual de cobarde. Ante la cobardía política, es tentador ceder al derrotismo, argumentar que el status quo permanece intacto, mientras que los Panama Papers son, si nada más, un síntoma flagrante de la decadente y progresivamente enferma fibra moral de nuestra sociedad.

Pero finalmente, el tema yace sobre la mesa y no es sorpresa que el cambio tome tiempo. Por cincuenta años, los poderes ejecutivo, legislativo y judicial de todo el planeta han fallado en hacer algo al respecto de la metástasis de los paraísos fiscales que mancha la Tierra. Incluso hoy, Panamá dice que quiere se le conozca por algo más que Papeles, pero su gobierno, convenientemente, sólo ha examinado uno de los muchos caballos que giran en su carrusel offshore.

Los bancos, entes reguladores financieros y autoridades fiscales han fallado. Han tomado decisiones para perdonar a los ricos mientras que aprietan la rienda a los ciudadanos de ingreso medio y bajo. Las cortes retrógradas e ineficientes han fallado. Los jueces casi siempre ceden a los argumentos de los ricos cuyos abogados– y no sólo Mossack Fonseca– están bien entrenados en seguir la Ley al pie de la letra a la vez que hacen todo dentro de su poder para profanarla.

La prensa ha fallado. Las redes de noticias son parodias caricaturescas de lo que antes fueron, unos cuantos billonarios parecen haber adoptado el pasatiempo de comprar periódicos, limitando la cobertura de los graves asuntos en los que están implicados los ricos; los periodistas investigativos serios y responsables carecen de fondos. El impacto es real: Además de Süddeutsche Zeitung y la ICIJ, pese a explícitas protestas de lo contrario, los editores de varios medios de comunicación tuvieron acceso y revisaron documentos de los Panama Papers. Y decidieron no reportarlos. La triste verdad es que entre las organizaciones mediáticas de mayor prominencia y capacidad del mundo ni una sola quiso reportar esta noticia. Incluso Wikileaks, en repetidas ocasiones dejó de contestar su línea de informantes.

Pero sobre todo, la profesión legal ha fallado. La gestión gubernamental democrática depende de la presencia de individuos responsables en todo el sistema, individuos que entienden y hacen valer las leyes, y no que las entienden para explotarlas. En promedio, los abogados han sido corrompidos tan profundamente que impera transformar en gran forma la profesión, más allá de las propuestas dóciles que ya existen. Para empezar, el término “ética legal,” en que se basan nominalmente los códigos de conducta e idoneidad, se ha convertido en una contradicción. Mossack Fonseca no trabajó en un vacío–pese a repetidas multas y violaciones documentadas de las regulaciones, encontró aliados y clientes en las principales firmas legales de, virtualmente, todo el planeta. Si la economía en colapso de la industria no es evidencia suficiente, ahora es innegable que no debemos permitir que los abogados se regulen unos a otros. Sencillamente no funciona. Quien pueda pagar la suma más alta siempre encontrará un abogado que sirva a sus fines e intereses, sea Mossack Fonseca u otra firma que aún desconocemos. ¿Y qué hay del resto de la sociedad?

El impacto colectivo de estas fallas ha corroído por completo los estándares éticos, resultando en un nuevo sistema que aún llamamos Capitalismo pero que tiene mayor similitud con la esclavitud económica. En este sistema–nuestro sistema– los esclavos desconocen su estatus y el de sus amos, quienes existen en un mundo aparte donde las cadenas intangibles yacen cuidadosamente sepultadas y ocultas bajo resmas inescrutables de jerga legal. La horrorosa magnitud de la pérdida del mundo debería ser la bofetada que nos despierte. Pero cuando ya es un informante quien da la voz de alarma, estamos en gravísimo peligro. Esta es la señal de que todos los controles y balances democráticos han fallado, que el colapso es sistemático y que se aproxima una severísima inestabilidad. Ahora es el momento de verdadera acción y ello empieza con hacer preguntas.

Con facilidad los historiadores pueden señalar el momento en que los problemas tributarios, fiscales y los desbalances de poder llevaron a la revolución en épocas pasadas. Luego de ellas era necesario el poder militar para subyugar a los pueblos, si bien hoy restringir acceso a la información es tan efectivo o más, ya que a menudo es un acción invisible. Y sin embargo vivimos en una era de almacenamiento digital barato e ilimitado y de rápidas conexiones de red que trascienden las fronteras nacionales. No toma mucho esfuerzo conectar los puntos: De principio a fin, de concepción a distribución mediática global, la próxima revolución será digitalizada.

 

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