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Mapa cerebral
por Michelle Lescure
La memoria es muy particular y no siempre recordamos lo que queremos sino aquello que nos impresiona, lo que asociamos con otra cosa conocida o aquello que por repetición se torna habitual y conocido. En los casos de corrupción que se investigan, hemos visto en los medios cómo la memoria selectiva de los involucrados trabaja, olvidando convenientemente aquello que puede perjudicarlos y recordando con detalles minuciosos lo que los puede favorecer. Pero la tecnología avanza.
Un sobre manila es parecido a un sobre amarillo, un día 19 y un día 20 pueden confundirse en la memoria, con la misma facilidad con que olvidamos el momento exacto en que aprendimos a nadar. Sabemos las experiencias de nuestra adolescencia, pero difícilmente sabremos con exactitud en qué fecha las tuvimos. Y lo que no recordamos, no lo sabemos.
Pero ahora existe la manera de saber qué tenemos guardado en la cabeza.
En 1999, la policía de Iowa, EEUU, recurrió a un neurocirujano, Lawrence Farwell, que descubrió una técnica que tiene perplejos al FBI y la CIA, con un test que determina si la información buscada está grabada en el cerebro del sospechoso, midiendo su actividad cerebral.
Al test se le llama " Huella cerebral" y explota un fenómeno específico: cuando vemos algo por primera vez, nuestro cerebro envía señales eléctricas diferentes a las enviadas cuando vemos algo ya conocido. Un soborno iluminaría las conexiones cerebrales como un árbol de navidad la primera vez, cuando se registra el hecho, pero al ser habitual, apenas alumbraría apagados destellos de reconocimiento. En los test, un casco con sensores registra la actividad cerebral, mientras al sujeto le muestran imágenes en la computadora.
El test resulta de gran ayuda a los investigadores que enfrentan la memoria selectiva de testigos y acusados. La prestigiosa revista World Press Review, en su edición de Febrero de 2002, reseña los pormenores del caso y el test, publicados por Globe & Mail, de Canadá. El sujeto, James Grinder, sospechoso de matar a una joven mujer en 1984, Julie Helton, había confesado, luego se había retractado y en cada caso daba detalles diferentes. Como encaraba la pena de muerte, los fiscales debían estar seguros.
Al contrario de los polígrafos o detectores de mentiras, que registran el estrés y cambios de temperatura o sudor, y la respuesta emocional a la mentira o verdad, el test del Dr. Farwell antes profesor de la facultad de Medicina de Harvard, no tienen nada que ver con las emociones o respuestas corporales; simplemente mide si la persona ha almacenado la información en el cerebro o no. El test al sujeto demostró que tenían al asesino, que había almacenado anteriormente las imágenes del asesinato. Mediante un trato, escapó a la pena de muerte y está preso de por vida.
Se están recabando los fondos para probar el test en sospechosos de terrorismo, con el apoyo de políticos y billonarios de la tecnología, que esperan resultados de un sistema que no necesita bases de datos ni gastos en personal entrenado en poligrafía. Esta tecnología se une al desarrollo de los test de AND, como instrumentos de búsqueda de información .
Al mostrar las imágenes de campos de entrenamiento militar, por ejemplo, el sujeto que ha estado en uno lo revela en su actividad cerebral de inmediato. "Se excluye el juicio de un humano, por lo que no hay discriminación" dijo un activista de Derechos Humanos.
"El test muestra cuando alguien reconoce algo, ya sea que lo haya visto, oído o haya participado" por lo que serviría para encontrar a los miembros de un grupo particular.
En un test, le dieron a Farwell 21 personas y le dijeron que algunos eran miembros del FBI, otros no. En el test se incluyeron imágenes y palabras reconocidas sólo entre agentes que hubieran pasado el entrenamiento del FBI. Sólo se administró el test y ningún otro. Se identificó correctamente a 17 agentes del FBI y cuatro que no lo eran.
Hasta ahora, en 120 pruebas, el test ha sido 100% exacto.
Los excépticos dicen que es un test para detectar mentiras más. Otros se preguntan si un detector intruso en el cerebro no es el primer paso a la manipulación cerebral. Después de todo, el test revela si se hace trampa en los impuestos, o se está vendiendo secretos comerciales, con la misma facilidad. Pero aceptan que el test es ciego al color, la etnia, o la cultura. Funciona igual para todo el mundo.
Farwell defiende la nueva tecnología como un elemento que puede determinar la inocencia con mucha precisión. Su trabajo de 20 años, en su propia compañía, Human Brain Research Laboratory, Inc. aún está buscando otras aplicaciones prácticas, con donaciones privadas y $1 millón donado por la CIA. Su trabajo ya es reconocido.
El año pasado, un hombre, Terry Harrington, que ha pasado 22 años preso por matar un oficial de policía, pidió tomar el test. Desde que fue encarcelado y en el juicio, Harrington proclamó su inocencia y dijo que estaba en un concierto en el momento del crimen. El test concluyó que la información en el cerebro de Harrington no guardaba el asesinato y si tenía información que concordaba con la coartada. Los abogados confrontaron al único testigo, que admitió haber mentido. El caso está en apelación. Pero esta vez, el test ha sido admitido como evidencia en la corte, sentando un precedente.
Como toda herramienta nueva, las agencias policiales son las primeras en desear probar su potencial. Pero también se perfila su uso en el área comercial y de informática. La información que recaba nuestro cerebro, y que a veces ni sabemos que ha sido almacenada, está allí, esperando como el arpa abandonada y cubierta de telarañas, la mano virtuosa que sepa arrancar las notas olvidadas.
La autora es periodista y corresponsal de World Press Review.
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