El secreto es
sencillo: todo lo que se busca se esconde detrás del
ego. Llegar hasta allí es tan difícil como viajar
por la Amazonía sin impregnarse de humedad. Sin embargo,
una fuerza misteriosa atrae a todo ser viviente. Porque todo
ser aspira a librarse del doble de sí mismo y a
encontrar su unidad más plena en el otro. Es lo que
llaman amor.
En lo profundo
del alma reside esa voluntad irresistible de mostrar la verdad
respecto de sí mismo, aunque su luz queme ojos ajenos.
Pero sólo los locos lo consiguen, pues no cargan con el
peso de ese intrincado laberinto de conveniencias sociales que
van desde las relaciones de parentesco hasta las promociones
profesionales. No corren detrás de sus máscaras.
Se atreven a extrapolar el concepto. Y si abrazasen la
lógica formal dirían que la razón es la
imperfección de la inteligencia.
En la
mismísima plaza de Asís el joven Francisco se
desnudó y marchó resuelto al encuentro de
sí mismo en aquel Otro que le habitaba. Se quedó
desnudo para abrigarse por dentro. Pero hoy somos invadidos por
toda esa gama de cosas extrañas a nosotros mismos -
mercancías superfluas, marcas, status, parafernalia
electrónica...- y que sin embargo juzgamos tan
familiares e incluso necesarias, así como en la guerra
los habitantes de la aldea se acostumbran a los aviones
militares que casi arañan sus tejados.
La vida tiene
sabor a uva: pequeña y sin hueso, deja poso. Incluso
cuando se zambulle uno del otro lado de sí mismo,
allá donde se encuentra la fuente de agua viva.
Haga como el
piloto extraviado de su ruta: prepárese para el
aterrizaje imprevisto, desenchufe las turbinas, apague las
luces, corte la electricidad, mantenga recogido el tren de
aterrizaje y déjese acoger por el suelo, que es siempre
más firme que todas las ideas que pululan en su cabeza.
No tema a lo real. Amoldada a ello, la inteligencia encuentra
la verdad.
Suelte el
cuerpo. Relájese en lo imponderable que lo puebla por
dentro, pues en el corazón humano la ausencia de
gravedad es idéntica a la del espacio sideral. Amarre
todas las ideas y pensamientos e imágenes y recuerdos,
como las velas de un barco en medio de la galerna, en torno del
mástil firme del plexo solar. Navegue a la deriva, pues
Aquel que sopla donde quiere sabrá cómo
conducirlo.
Cuando los ojos
estén ciegos y el cerebro apaciguado, habrá mucho
silencio. Entonces se hará oír la Voz. Y le
inundará la felicidad como el agua de la riada que sube
mansamente, irrefrenable, para sumergir la casa y volver los
cimientos tan flexibles como los ramales de un canal.
Imponderable, usted experimentará el sabor del
éxtasis. Y descubrirá que la fe es una virtud de
la inteligencia.
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