El hambre y la malnutrición constituyen un fenómeno de gran alcance en el mundo. Hoy en día casi 800 millones de personas sufren desnutrición crónica y no pueden obtener alimentos suficientes para satisfacer necesidades energéticas mínimas. De allí la necesidad de aunar mayores esfuerzos en el ámbito mundial para garantizar la seguridad alimentaria y así erradicar ambos flagelos junto con sus terribles consecuencias entre las generaciones actuales y futuras.
Precisamente, para crear conciencia y promover en todo el mundo la participación de la población en la lucha contra el hambre y la malnutrición, desde hace dos decenios, cada 16 de octubre, en más de l50 países, se celebra el Día Mundial de la Alimentación, fecha en la que también, se conmemora la fundación de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la alimentación (FAO), creada en l945.
Este año, la FAO ha elegido como tema para el Día Mundial de la Alimentación "La biodiversidad al servicio de la seguridad alimentaria", para destacar el papel de la biodiversidad en cuanto a garantizar que la gente tenga acceso sostenible a suficientes alimentos de calidad para mantenerse sana y activa.
La biodiversidad es como un ciclo de vida, pero si una parte de este ciclo se encuentra fuera de equilibrio con el resto, todo queda en peligro. En la actualidad, el hombre está poniendo cada vez más presión en las especies y sus entornos, como resultado de ello muchas plantas, animales y también los procesos naturales esenciales, están en peligro.
Además la contaminación de los alimentos por microbios, metales pesados y plaguicidas obstaculizan la mejora de la nutrición en el mundo.
Acabar con el hambre supone, como condición previa que se produzcan suficientes alimentos y que éstos se encuentren disponibles para todos. Sin embargo, cultivar alimentos en cantidades adecuadas no asegura la erradicación del hambre; por eso, es preciso garantizar el acceso de toda la población mundial a alimentos nutritivos e inocuos, en cantidad suficiente. Para ello, se necesitan mayores esfuerzos, para garantizar la seguridad alimentaria y así vivir en un mundo libre del hambre.
La producción mundial bastaría para proporcionar una dieta adecuada a todas las personas, si la distribución de los alimentos fuera equitativa, pero esta situación no se da y en muchos países pobres, por ejemplo, la disponibilidad promedio de alimentos asciende a menos de 2,100 calorías diarias por habitante, mientras que en los países ricos del norte tal promedio es superior en más del 50 por ciento, ya que alcanza las 3,200 calorías diarias.
El Banco Mundial calcula que alrededor de 1.500 millones de personas luchan para sobrevivir con menos de un dólar por día y que la distribución de alimentos se da en total desigualdad, pues actualmente la quinta parte más rica de la población consume el 45 por ciento de la carne y el pescado y la quinta parte más pobre solamente consume el 5 por ciento.
Estadísticas alarmantes
Según algunas estimaciones, aproximadamente 200 millones de niños menores de cinco años padecen síntomas de malnutrición aguda o crónica, cifra que aumenta en los períodos de escasez estacional de alimentos y en épocas de hambre y desórdenes sociales.
De ese total, cada año, se produce la muerte de aproximadamente l3 millones de niños por enfermedades e infecciones evitables tales como: sarampión, diarrea, malaria, neumonía y combinaciones de las mismas.
En Asia y en él pacifico reside el 70 por ciento de los habitantes de los países en desarrollo, aproximadamente 526 millones, y de estos, dos tercios se encuentran en situación de desnutrición.
Solamente en la India, viven 204 millones de personas afectadas con este mal y en Asia meridional se concentra más de un tercio (284 millones) del total mundial. Otro 30 por ciento, aproximadamente 240 millones de personas, vive en el este, y sudeste de Asia, donde más de 164 millones de los l.200 millones de habitantes que registra China, sufren de desnutrición.
La situación es especialmente grave en África central, oriental y meridional, donde el 44 por ciento de la población total se encuentra subnutrida.
Carencia de micronutrientes
La carencia de vitaminas y minerales esenciales continúa siendo la causa de enfermedades graves en todo el mundo. Más de 3,500 millones de personas se ven afectadas por carencia de hierro, dos mil millones están expuestos al riesgo de carencia de yodo y 200 millones de niños en edad preescolar tienen carencia de vitamina A.
Especialistas médicos, aseguran que muchos de los efectos más graves producidos por la carencia de éstos tres importantes micro nutrientes podrían aliviarse considerablemente, asegurando un suministro adecuado de alimentos y una dieta variada que proporcionen las vitaminas y los minerales necesarios.
Según estudios médicos, la carencia de hierro puede causar retraso del crecimiento, reducir la resistencia a las enfermedades y perjudicar a largo plazo las funciones reproductivas, el desarrollo mental y motor; además provoca, aproximadamente, el 20 por ciento de las muertes relacionadas con el embarazo.
Entretanto, la carencia de yodo puede causar daños cerebrales irreparables, retraso mental, disminución de la tasa de supervivencia infantil y bocio; y en una mujer embarazada podría determinar diferentes grados de retraso mental en el niño que nacerá.
Mientras que, la falta de vitamina A puede provocar ceguera o muerte en los niños y contribuir a reducir su crecimiento físico y su resistencia a las infecciones, con el consiguiente aumento de la mortalidad.
Pérdidas productivas y económicas
Sean leves o graves, las consecuencias de la malnutrición y la mala salud se manifiestan en una reducción de los niveles generales de bienestar, calidad de vida y desarrollo del potencial humano. El hambre cuesta a los países en desarrollo hasta 128 millones de dólares anuales solamente en pérdidas de productividad, ya que los adultos que padecen trastornos nutricionales o enfermedades relacionadas con éstos no se encuentran en condiciones de trabajar.
En el ámbito educativo, las pérdidas se dan porque los niños están demasiado debilitados o enfermos para asistir a clases o aprender como debieran. Estudios indican que el hambre y la deficiencia de micronutrientes llegan a reducir en un 10 por ciento la capacidad de aprendizaje de los escolares. También se registran costos médicos inherentes al cuidado de quienes sufren enfermedades relacionadas con la nutrición; y costos para la sociedad que debe cuidar de los discapacitados y a veces de sus familias.
El desafío
Para lograr acabar con el hambre será necesario un incremento sustancial de la producción alimentaria durante los próximos 50 años, ya que la población mundial crecerá de los 6.000 millones de habitantes actuales a 8.900 millones en el año 2050.
Durante los últimos 40 años la población mundial ha llegado a duplicarse y la cantidad de alimentos a disposición de cada persona se ha incrementado casi en un 20 por ciento en nivel mundial. Sin embargo, el solo hecho de producir alimentos suficientes no permite eliminar el hambre en la actualidad y tampoco es garantía de que se erradique en el futuro.
Estudios recientes sugieren que cuatro de cada cinco niños malnutridos del mundo en desarrollo viven en países que se jactan de disponer de excedentes alimentarios. El mayor desafío consiste en asegurarse de que los alimentos lleguen a las manos, y a la boca, de las personas que hoy carecen de ellos, como son: la población pobre, los niños y las mujeres, las comunidades rurales aisladas, las minorías étnicas que viven económicamente marginadas de la sociedad, las víctimas de guerras y calamidades naturales.
La gran mayoría de esta población hambrienta vive en países donde la agricultura constituye la fuente principal de empleo e ingresos. Un elemento central de la estrategia de lucha contra el hambre debe ser el aumento de los ingresos rurales y el acceso a los alimentos mediante la mejora de la agricultura y la economía rural. Existan o no excedentes de alimentos en nivel mundial o nacional, un desarrollo agrícola insuficiente y una producción alimentaria local que no crece constituyen a menudo la base de los problemas locales de inseguridad alimentaria.
El objetivo a largo plazo podría consistir en reducir la dependencia de la agricultura y la presión sobre unos recursos agrícolas ya bastante agotados, pero el camino para alcanzarlo debe comprender una fase inicial que ponga énfasis en incrementar la productividad agrícola.
Los cambios mundiales que escapan por completo al control de los agricultores también desempeñan una función importante en la seguridad alimentaria del mundo en desarrollo. La creciente globalización del comercio, las negociaciones de la OMC, la caída de los precios de los productos básicos, la reducción de la asistencia a la agricultura, la deuda creciente y las estrategias propuestas para su reducción o cancelación, son otros tantos factores que influyen en la capacidad de la población para producir y adquirir alimentos.
La vida de los agricultores y la seguridad alimentaria de sus familias también se ve afectada por las novedades científicas y políticas relacionadas con la biotecnología y los alimentos modificados genéticamente. Estas nuevas tecnologías ofrecen un importante potencial para aumentar los rendimientos y la calidad nutricional, pero también implican riesgos para la salud de las personas y del medio ambiente. Habrá que aplicar un enfoque prudente, que se definirá caso por caso, para garantizar que las tecnologías se apliquen de una manera que responda a las necesidades de las personas y reduzca al mínimo los riesgos.
Alimentos para todos
Para acabar con el hambre será necesario actuar en todos los frentes, con un nivel de compromiso sin precedentes. Se requerirá incrementar la producción agrícola y elevar los ingresos de las comunidades rurales, mejorar el acceso a los alimentos para las personas más necesitadas, asegurar que en el comercio mundial se contabilicen adecuadamente las necesidades y contribuciones de los países en desarrollo, fomentar la investigación y la inversión, así como otorgar atención prioritaria al "hambre oculta" resultante de las deficiencias de micronutrientes.
El hambre no sólo cercena la vida y las esperanzas de las personas, sino también la paz y la prosperidad de los países. El Plan de Acción de la Cumbre Mundial sobre la Alimentación incluye compromisos relacionados con un crecimiento económico que reduzca la pobreza, políticas para aumentar el empleo y las oportunidades de obtención de ingresos de la población pobre, redes de segundad para proteger a las personas más vulnerables y marginadas y una atención adecuada al desarrollo agrícola y rural.
Al inicio del tercer milenio, casi 800 millones de hombres, mujeres y niños padecen hambre crónica. Conocemos también el precio que habrá que pagar si no se adoptan medidas decisivas. Las últimas cifras muestran que en la primera mitad del decenio de 1990 la población aquejada por el hambre se redujo en 8 millones de personas por año. Si bien se trata de un progreso concreto, significa menos de la mitad del ritmo que se necesita para alcanzar el objetivo establecido por la Cumbre Mundial sobre la Alimentación, de reducir a la mitad el número de personas aquejadas por el hambre para el año 2015.
Si la situación mantiene este curso "habitual", en el año 2015 todavía habrá casi 700 millones de personas aquejadas por el hambre crónica, y prisioneras de un ciclo vicioso de privaciones humanas y estancamiento social.
Sin embargo, no necesariamente debe ser éste el final de la historia. Comprometiéndonos a utilizar plenamente las herramientas que ya tenemos en nuestras manos podemos establecer un nuevo ciclo virtuoso que empezaría con una población bien alimentada y sana, llena de la energía necesaria para resolver los problemas que azotan y aprisionan a la humanidad. Un milenio sin hambre podría así transformarse en un milenio sin degradación ambiental, sin desigualdades ni discriminaciones, sin privaciones y sin guerras.
La autoria es colaboradora de Servindi