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sección: ¿Ampliación? La madre de todas nuestras encrucijadas por Rómulo Castro García A la luz de las decisiones que en breve tendremos que tomar sobre la ampliación -o no- del Canal, bien merecería la pena el ejercicio de despojar el raciocinio de sus centenares de prejuicios y así, desnudos de ira, suspicacia y arrogancia, preguntarnos como por primera vez qué nos hace ser “panameños”, hacia dónde podemos empezar a ir ahora y hacia dónde corremos el riesgo de irnos -tomaditos de la mano o a punta de gaznatadas- si erramos la apreciación o le ponemos precio. Hasta donde llega la memoria humana, “pasar” ya era la esencia de esta lengua de tierra, incluso antes de que lo supiesen sus primeros transeúntes. Y cuando algunos tomaron la decisión de quedarse, todo hace suponer que -a su gusto o no- ya tuvieron que lidiar aquellos primeros panameños con el tránsito a doble vía entre las dos masas continentales que nos definen istmo. Más les valió a aquellos hacerse a la idea -y aprender a sobrevivirla en el intento-, convirtiéndose de paso en los mejores orfebres del hemisferio, lo que hoy lamentablemente olvidamos por completo. Así estaban las cosas cuando llegó a nuestras playas la corona española, y con ella el hasta entonces inédito tránsito planetario: ya estábamos en el primer inning de la “economía global”, aunque no lo supiesen de perogrullo Isabel y Fernando. Pero su nieto Carlos y todos los banqueros italianos sí que lo tenían clarito. No sería por mero aburrimiento que los Habsburgo encargaron el primer “estudio de factibilidad” para la construcción de el Canal. Y de eso hace casi 500 años. No habían nacido entonces ni Keynes, ni Marx; ni la Tercera Internacional, el FMI o la Escuela de Chicago. Pero ya se gestaba la acumulación originaria de capitales; se alzaban allá los comuneros de Madrid y se organizaban por acá la mita y el cuatequil. De entonces a esta parte todo ha sido “tránsito, defensa y servicios”, como aprendí del maestro Alfredo cuando me preocupé por empezar a entender el asunto: no importa la ruta exacta, ni la tecnología, ni la potencia dominante. A escala objetiva, todo parece colarse por el tamiz de ese concepto. A nivel subjetivo, pues también, aunque nos guste jugar a Dios y nos tiente pecar de infinita sapiencia. Y esto es algo de lo que no podemos culpar ni a la ACP, ni al SUNTRAC. Nos trasciende a todos y más nos valdría reconocernos como arena de su playa. Por eso de la periferia de los imperios neolíticos precolombinos, pasamos a la de España, a la de Francia y a la de los Estados Unidos. Y con tan centenarios tutelazgos por entre los recovecos de la historia, pues no acabamos de digerir que, por primera vez, ya no somos meros espectadores: la pelota está en nuestro terreno desde hace más de cinco años y lo que toca es moverla bien, jugar en equipo, ganar el partido y dejar de echarle la culpa a la FIFA por no ir al Mundial. Llegar a este punto le costó todos los billones del mundo -mucho más que lo que pueda costar ahora el tercer juego de esclusas- a la cuenta moral de nuestros mayores. Y no es este un patrimonio que nadie en particular pueda acaparar: le costó la vida a Urracá, a Felipillo, a Pedro Prestán, a Victoriano, a nuestros hermanos del Movimiento Inquilinario y a los del 9 de enero. Ninguno de ellos era PRD. Le costó todos los desvelos del mundo a Justo Arosemena, a la gente llana de Acción Comunal y a los estudiantes del 58. Y, aunque no estemos todos de acuerdo -nunca lo estamos, ni sería sano que lo estuviésemos- algunos centenares de miles de panameños sabemos que le costó la vida a Omar. En 1939, cuando todavía nadie pedía nuestra opinión, ya era una verdad de cajón que la alternativa más racional para “modernizar” el canal pasaba por el tercer juego de esclusas. Hace casi treinta años, cuando nos ganamos el derecho a decidir, en comisión tripartita internacional se ratificó y actualizó la propuesta. Todo el mundo lo sabía y sólo había que definir y proponer cuándo debía hacerse. El paso de la decisión a manos panameñas implicó el compromiso -de todos nosotros con el mundo- de garantizar la viabilidad de la ruta. Los estudios finales sobre la ampliación se han realizado en el transcurso de tres distintas presidencias y sus resultados no se los inventó Martín Torrijos. La ACP no tiene por qué resultarme particularmente simpática. Pero es que no está allí para hacerme reír: la integran los más reputados especialistas nacionales en los temas que competen a la operatividad de la ruta, en ninguno de los cuales puedo opinar con propiedad, por lo que prefiero no decir burradas. Provienen de todas las extracciones sociales y preferencias políticas posibles, y se ocupan a destajo de lo que saben y se les ha ordenado hacer. Han probado con creces que lo hacen mejor que sus administradores precedentes y cobran muy bien por sus servicios ¿Aceptarías menos por semejante compromiso? Pero su responsabilidad llega hasta allí: en los cinco años que han estado a cargo, han entregado más dinero al país que todo el que nos tocó en casi un siglo. Y han propuesto lo mejor que han podido proponer para poner mucho más en nuestras manos ¿Quién determina qué se hace con lo que se entrega? ¡El gobierno de turno! ¿No estamos equivocando a quién pedir cuentas? El meollo del asunto no creo que pase por el ancho de una zanja que hay que ampliar de todas formas. El tema está en como garantizar que de sus aguas no se sacien algunos más que otros ¡Ahí está el detalle! Medio milenio después de -nos guste o no- habernos insertado en el “mercado mundial”, vuelve Panamá al epicentro del planeta. De cómo juguemos las cartas, depende si continuamos en la mesa. Pocas veces y a pocos se les presenta esta encrucijada de futuros posibles. España y Singapur, por ejemplo, jugaron bien en su momento ¿Estás dispuesto a equivocarte a costa de tu propio futuro? No somos -y nunca fuimos- un idílico paisaje interiorano de “buenas costumbres” y agro autosuficiente, aislado del planeta. O nos subimos al bus que pasa en este momento ante nuestras puertas, o veremos al vecino tomar nuestro puesto. “¡Esto es lo que hay!”, le decía Eddy Palmieri al Cholo Pérez.
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