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Declaración conjunta sobre el TLC El Gran Caribe Esta Semana Cuba, la OEA y los nuevos tiempos por Rubén Silié En Panamá, los días del 3 al 5 de junio, se realizó la trigésima séptima Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos. El tema central de la reunión fue el tema energético, mismo que preocupa ampliamente a todo el mundo y muy especialmente a la mayoría de los países miembros que dependen de la importación del petróleo para mover toda la infraestructura económica. El debate puso en el tapete los problemas del acceso, de los precios, del transporte y de otros factores que inciden económicamente en el consumo energético, aunque es preciso decir que uno de los puntos cruciales en la discusión fue el tema de la sostenibilidad y el impacto de las formas tradicionales de energía sobre el medio ambiente. En ese sentido, la reunión se empleó a fondo para discutir y proponer algunas alternativas para enfrentar el grave problema energético. Para Panamá, la celebración de dicha reunión fue una ocasión para conmemorar los treinta años de la entrega del Canal de Panamá a sus legítimas autoridades, con lo cual recuperó plenamente la soberanía territorial, que fue interrumpida por los Estados Unidos de Norteamérica durante un siglo, debido a que el Canal y sus zonas adyacentes estuvieron bajo control absoluto de ese país norteño, después de imponer un acuerdo en 1903, que ningún panameño firmó. Los países miembros brindaron junto a sus anfitriones por el logro de esa reivindicación nacional y popular, conducida valiente e inteligentemente por el General Omar Torrijos y que recibió en su momento el apoyo de todas las voces sensatas del continente. Por parte de los Estados Unidos, las negociaciones estuvieron orientadas por Jimmy Carter el Presidente demócrata que mayores compromisos supo asumir con la democracia de la Región y cuya orientación fue un ingrediente importante para salir de la trampa de la Guerra Fría. Sin embargo, el único país que no estuvo presente en esa reunión, para brindar por el treinta aniversario, fue uno de los que con mayor energía condenaron la ocupación del Canal y apoyó la lucha de Panamá por el rescate pleno de su soberanía. Me refiero a Cuba, cuya ausencia no se debió a falta de motivación para hacer suya esa ocasión, pues de hecho y sin ninguna duda, ese gobierno tiene que haberle manifestado sus congratulaciones, al país hermano por otra vía. Esa situación nos llevó a pensar en las causas que motivaron la salida de Cuba del seno de la OEA. Como sabemos, en medio de la Guerra Fría y como resultado de ella, Cuba se vio en medio de una confrontación internacional que generó la intolerancia hacia el proceso revolucionario emprendido por el pueblo cubano para derrocar la dictadura de Fulgencio Batista, último de una serie de gobiernos corruptos y represivos que se mantuvieron en América Latina y el Caribe, durante la primera mitad del siglo veinte. Es importante recordar que formaba parte de una oleada dictatorial que embestía a la mayoría de los pueblos del continente y que lamentablemente gozaban del reconocimiento internacional, sin que para entonces, las grandes potencias de la región mostraran mayor preocupación por la suerte de los derechos humanos de los ciudadanos de estos países. Esta es una de las razones por la cual, en esos momentos, la Revolución Cubana encarnaba los ideales de libertad y democracia de la mayoría de la juventud latinoamericana. Pero sin entrar en detalles sobre las razones alegadas para dejar a Cuba fuera de la OEA, lo cierto es que han sido históricamente superadas por la vida y por la historia política del continente. En la actualidad ya Cuba, si bien no forma parte de ese organismo, mantiene relaciones diplomáticas con la gran mayoría de los países que lo integran y si tuviéramos que calificar dichas relaciones, sin duda habría que reconocer que son muy buenas; además sobrepasan el marco de la formalidad diplomática, estableciendo programas de cooperación e intercambio; entre los que sobresalen, la educación, la salud y el deporte. Pero lo más importante es que Cuba es parte fundamental en el tratamiento de la agenda de la región, como suele ocurrir, por ejemplo, con los temas de mayor relevancia como la seguridad, el narcotráfico, el medio ambiente, la migración y el intercambio comercial. A nadie se le ha ocurrido dejar a Cuba fuera de la discusión y creación de consenso alrededor de esos temas, tan cruciales para América Latina y el Caribe. Lejos de pretender excluir a Cuba ha ido creciendo el repudio al bloqueo que sufre esa nación y se puede decir que no existe un foro internacional donde ese rechazo no se haya producido. O sea que Cuba desde la perspectiva multilateral se encuentra fuertemente vinculada a la solución de los problemas comunes que afectan y preocupan a al resto de los países, por tanto Cuba es parte de la solución, puesto que sin su acuerdo no se podría avanzar en muchos de los temas señalados. Dejar a Cuba fuera del organismo político más amplio de la región es una manera de mantener vivas las causas de un conflicto que tuvo su fin, pues con la entrada de la globalización quedaron atrás los métodos de la diplomacia de la Guerra Fría y se pasó a impulsar el método de los gobiernos internacionales, por medio de los organismos que juegan ese rol. Pretender garantizar la gobernabilidad de la región dejando fuera la voz de uno de los países, es ponerse de espaldas a los nuevos tiempos y dificultar el avance hacia una cultura de paz que reniegue de los viejos conflictos ideológicos que sirvieron a otras causas históricamente superadas.
El Dr. Rubén Silié Valdez es el Secretario General de la Asociación de Estados del Caribe. Las opiniones que aquí se expresan no son necesariamente los puntos de vista oficiales de la AEC. Los comentarios pueden ser enviados a mail@acs-aec.org
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