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Volume 14, Number 13
July 13, 2008

opiniones

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Crisis energética, crisis alimentaria y cooperación
por Nils Castro

La agenda internacional destaca tres temas que están estrechamente vinculados y que, además, son muy críticos en la región centroamericana. Estos son, en primer término, el de la crisis energética destapada por el rápido encarecimiento del petróleo y el de la crisis alimentaria, seguidas de cerca por el amenazador cambio climático. Las dos últimas son, en gran parte, consecuencias de la cuestión energética. En los tres casos, la inversión y tecnología de los países más desarrollados "que están entre los principales causantes del problema" pueden ayudarnos a construir soluciones.

Como se sabe, los precios del petróleo continuarán en alza por tres razones concurrentes: a) la demanda mundial continúa subiendo, junto a la escasez de nuevos yacimientos y de capacidades para refinar crudo pesado, que seguirá restringiendo la oferta; b) esta restricción de la oferta es agravada por la existencia de conflictos en importantes zonas de extracción de petróleo; c) en el encarecimiento del crudo y los refinados hay un importante componente especulativo que agrava toda la situación.

El desproporcionado aumento de la demanda rebasa lo que pudiera atribuirse al aumento de la población mundial y la industrialización. De hecho, gran parte viene del estilo despilfarrador del consumo norteamericano. Asimismo, las situaciones de conflicto en algunas de las principales zonas petrolíferas se agravaron con la política intervencionista de la Administración Bush en dichas áreas. Lo cual da pábulo dicho componente especulativo, que enriquece a unos pocos y arruina a la mayor parte de la humanidad.

Así, por un lado ese estilo de consumo, y la hegemonía del uso de combustibles fósiles, generan contaminación ambiental e inestabilidad del clima en perjuicio de la agricultura. Por otro lado, el precio de los hidrocarburos incrementa el costo de los productos agrícolas, al encarecer tanto los insumos que requiere (fertilizantes, pesticidas, etc.) como el procesamiento y transporte de esos productos.

Ello da sobradas razones a la demanda centroamericana y brasileña de que estos problemas se discutan con la mayor prontitud y seriedad en las Naciones Unidas y en los demás organismos internacionales competentes. Porque se trata de una cuestión que agrede inmerecidamente las economías nacionales y el modo de vida de los pueblos, sobre todo a las economías y poblaciones de los países en desarrollo que no somos productores de hidrocarburos. Esto es, a quienes constituimos la mayor parte de la humanidad.

La gravedad del problema implica que su discusión no puede ni diferirse ni quedar sin decisiones prácticas. Porque, en el más estricto sentido de la palabra, los precios del petróleo y sus derivados, así como sus consecuencias sobre los costos y la oferta de alimentos, ya constituyen una amenaza a la paz y la seguridad internacionales. Por lo tanto, es un asunto que Naciones Unidas debe asumir con urgente prioridad.

En el ínterin, los países en desarrollo carentes de hidrocarburos tenemos una apremiante necesidad de ampliar la producción de otras formas de energía, que nos permitan disponer de recursos propios y ser menos dependientes del petróleo y de quienes controlan su mercado. Esto es, debemos generar fuentes de energía accesibles, renovables y limpias, que no amenacen con encarecer, ni dañen el ambiente.

A la vez, tenemos apremiante necesidad de incrementar la producción y oferta de alimentos sanos y accesibles para una creciente población, cuya seguridad alimentaria es indispensable garantizar. La exigencia de una mayor producción de alimentos no deriva solo de la pobreza sino también del progreso: tan pronto se logra ofrecer más empleos e ingresos decentes, la población naturalmente demanda mejor alimentación, como es su legítimo derecho.

Además, el exagerado costo de los hidrocarburos estimula la demanda y la producción agrícola de biocombustibles. Desde siempre una parte de la agricultura ha proporcionado materias primas a la industria, pero ahora se agrega este uso adicional de las tierras agrícolas. Mientras eso permita aprovechar los suelos depredados o en desuso sin reducir la producción de alimentos ni afectar las reservas forestales, esa opción es bienvenida, pues ayuda a reducir nuestra dependencia del petróleo y contribuye a la industrialización rural.

Todo lo anterior resalta dos campos de cooperación que deben encabezar la demanda centroamericana de asistencia internacional: desarrollar la producción de formas alternas de energía, y fortalecer la productividad y producción de alimentos. Ambas cosas, por supuesto, requieren desterrar las políticas que la ideología neoliberal y los burócratas internacionales nos impusieron hasta reciente fecha, por las cuales la agricultura quedó expuesta al juego especulativo.

Por consiguiente, al jerarquizar la colaboración e inversiones foráneas, sobresalen las relativas a infraestructura y energía, especialmente la construcción de hidroeléctricas y de líneas de interconexión eléctrica. Las hidroeléctricas conllevan mejores aprovechamientos de nuestros recursos hidráulicos, como el riego y la acuicultura en el renglón alimentario. Lo asimismo implica descartar la tesis reaccionaria que, con pretextos ecológicos, pretende que las hidroeléctricas son indeseables, lo que condena a las poblaciones rurales a seguir en su vieja miseria, y a las naciones a renunciar a su soberanía energética.

Adicionalmente, algunos países centroamericanos tienen buen potencial geotérmico, cuyo aprovechamiento tiene aplicaciones tanto energéticas como agrícolas. Otros tienen potencial en energía eólica. A la vez, toda la región lo tiene en energía solar, un excelente campo de colaboración internacional. Finalmente, la producción de combustibles biológicos también puede incluir el procesamiento de desechos orgánicos.

En todos los casos esa cooperación no solo es útil en lo que toca a inversiones, sino también necesaria en lo relativo a transferir tecnología y capacitación, especialmente para gestionar proyectos en ambos campos: la productividad agrícola, y la generación de formas alternas y sustentables de energía.


El autor es asesor del presidente Martín Torrijos


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