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Vol.
14, No. 16 |
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en esta sección: Perú:
el regalo del diablo
por Wilfredo Ardito Vega Aquel domingo, por la tarde, los primeros en llegar a mi fiesta de cumpleaños fueron mis abuelos, que venían del Callao. Esperábamos a mis compañeritos del Nido Sainte Bernardette, que ese año, por una disposición del gobierno de Velasco, había cambiado de nombre a Santa Bernardita. Mientras en la televisión se transmitía el partido inaugural del Mundial de Fútbol entre México y la Unión Soviética, yo estaba muy orgulloso enseñando mis regalos. Súbitamente, se escuchó un fuerte ruido que no podía identificar, pero los adultos nos hicieron salir apresuradamente a los niños del departamento. En la escalera nos unimos a decenas de personas que bajaban gritando de los pisos superiores. Algún impulso maligno me motivó a hacer una travesura y me detuve a propósito. -¡Baja, que hay terremoto! -me dijeron. Aunque ese es el primer terremoto que recuerdo, se había producido otro similar cuatro años antes y habría uno más cuatro años después. En aquel entonces, los terremotos eran tan familiares para los limeños como los golpes de Estado o la participación de la selección en los Mundiales de Fútbol. De hecho, los terremotos siguen siendo mucho más probables que estas otras circunstancias, pero el 15 de agosto del año pasado, parecía que muchas personas recién se daban cuenta y entre ellas las propias autoridades. La magnitud del daño que puede generar un sismo depende de cuánto está preparada la sociedad para enfrentarlo. Supervisar la construcción adecuada de viviendas y edificios, establecer vías de comunicación alternas, ensayar la evacuación de lugares públicos, designar y capacitar brigadas de voluntarios que estén listos a actuar cuando el sismo se produzca, deberían ser tareas permanentes. Nada de eso había el 15 de agosto y, hasta donde yo sé, nada de eso hay todavía. Quizás ninguna imagen grafique mejor la improvisación con la que el Estado enfrentó la tragedia que el Presidente Alan García anunciando, varias horas después del terremoto, que no habían mayores daños o pérdidas humanas. Entretanto, miles de personas intentaban llegar a Ica, Chincha o Pisco para socorrer a sus seres queridos. Si esa noche, las labores de rescate hubieran comenzado, muchas personas se hubieran salvado. Al día siguiente, los brigadistas que llegaban de otros países estaban desconcertados: no había vehículos para trasladar medicinas, víveres o carpas… ni siquiera había víveres o carpas en los almacenes de Defensa Civil. Como suele pasar en el Perú, se convocó a la solidaridad de la propia población y la respuesta fue impresionante: recuerdo las montañas de ropa y víveres que se acumulaban en el Estadio Nacional… y los saqueos de los damnificados desesperados, ante la perspectiva de morir de hambre, porque las donaciones no eran distribuidas. Mientras tanto, algunos grupos económicos percibían la tragedia como una gran oportunidad que debían aprovechar. Tendrían el respaldo de Julio Favre, designado para coordinar la reconstrucción, sin ninguna preparación en urbanismo, saneamiento o labor humanitaria. Sin ninguna preocupación hacia los sobrevivientes, planificaban el reparto: unos privatizarían el agua de Pisco, otros el aeropuerto y había quien recibiría la concesión de una nueva autopista. Con similar insensibilidad, el ministro Rafael Rey anunció que el gobierno emitiría una botella de pisco llamada 7.9 en alusión a la magnitud del sismo. Un año después, miles de damnificados se encuentran en tal abandono que parecería que el sismo ocurrió hace tres días. Ha sido la solidaridad de organizaciones religiosas, empresas privadas, ONG, universidades y gobiernos extranjeros, la que ha logrado la reconstrucción de casas, colegios y también de vidas que estaban destruidas. A Tupe y otros lugares olvidados de Yauyos, simplemente no ha llegado ninguna ayuda del gobierno, aunque sí la de algunas personas muy valerosas. ¿Por qué tanta insensibilidad en las autoridades? En parte, hay un trasfondo de discriminación. El gobierno cree que los pobres pueden seguir sufriendo, mientras prefiere atender a cuerpo de rey a las delegaciones para las diferentes cumbres. Sin embargo, como sucede con los accidentes de carretera, existe también la visión ideológica que pretende reducir al mínimo la intervención del Estado en la sociedad. Por eso, las autoridades simplemente no saben qué hacer con los recursos que han recibido. Han dispuesto edificar un coliseo deportivo en Pisco, como si para eso hubieran sido las donaciones y no para garantizar un techo digno a los ciudadanos. Aquel 31 de mayo de 1970, nadie llegó a mi fiesta de cumpleaños y tuvimos que comernos las dos tortas, una de chocolate y otra de manjarblanco, que mi mamá había preparado. Por la noche, ya acostado, le dije a mi papá: -Parece que hasta el diablo me ha querido hacer un regalo. Si en el Perú siempre recibiremos esos regalos del diablo, deberíamos por lo menos exigir que las autoridades sepan responder cuando eso suceda.
El autor es abogado Master en Derecho Internacional de los DH. Catedrático universitario. Miembro de la Mesa para la No Discriminación de la Coordinadora Nacional de DH. Resp. del Prog. de Jueces de Paz del Inst. de Defensa Legal También
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