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Vol.
16,
No. 11 |
opinionesTambién
en esta sección:
Los medios privados de
comunicación
en guerra contra Lula y Dilma por Leonardo Boff Estoy
profundamente a favor de la libertad de expresión por la
cual fui castigado con
"silencio obsequioso" por las autoridades del Vaticano. A riesgo de
ser preso y torturado ayudé a la editorial Vozes a publicar
el libro Brasil
Nunca Mais, donde se denunciaban las torturas usando exclusivamente
fuentes
militares, lo que aceleró la caída del
régimen autoritario Esta
historia
de vida me avala para hacer las críticas que hago ahora al
enfrentamiento
actual entre el Presidente Lula y los medios de comunicación
que se quejan de
que se menoscabe su libertad. Lo que está ocurriendo ya no
es un enfrentamiento
de ideas y de interpretaciones en el uso legítimo de la
libertad de prensa. Se
está produciendo un abuso de la libertad de prensa porque,
previendo una
derrota electoral, esos medios han decidido hacer una guerra tenaz
contra el
Presidente Lula y la candidata Dilma Rousseff. En esa guerra vale todo
lo
factible: la ocultación de hechos, la distorsión
y la mentira directa. Es
necesario
dar el nombre de estos poderosos medios. Son familias que, cuando ven
contrariados sus intereses comerciales e ideológicos, se
comportan como
"familia" mafiosa. Son dueños privados que pretenden hablar
para todo
Brasil y mantener bajo tutela a la llamada opinión
pública. Son los dueños de O
Estado de São Paulo, A Folha de São Paulo, O
Globo y la revista Veja, en los
cuales se instaló la razón cínica y lo
que hay de más falso y mafioso en la
prensa brasilera. Están al servicio de un bloque
histórico asentado sobre el
capital que siempre explotó al pueblo y que no acepta a un
Presidente
proveniente de ese pueblo. Más que informar y suministrar
material para la
discusión pública, pues esa es la
misión de la prensa, estos medios
empresariales se comportan como un feroz partido de
oposición. En
su furia,
cual desesperados e inapelablemente derrotados, sus dueños,
editorialistas y
analistas no tienen el mínimo respeto debido a la
más alta autoridad del país,
el Presidente Lula. En él ven solamente un peón
que debe ser tratado con el
látigo de la palabra que humilla. Hay
un hecho
que ellos no consiguen digerir en su estómago elitista:
aceptar que un obrero,
nordestino, sobreviviente de la gran tribulación de los
hijos de la pobreza,
haya llegado a ser Presidente. Este lugar, la Presidencia,
así piensan, les
corresponde a ellos, los ilustrados, los entroncados con el gran mundo,
aunque
no consigan librarse del complejo de no tener personalidad propia, pues
se
sienten meramente menores y asociados al gran juego mundial. Para
ellos, el
sitio del peón es produciendo en la fábrica. Como
lo mostró
el gran historiador José Honório Rodrigues
(Conciliação e Reforma), "la
mayoría dominante, conservadora o liberal, ha sido siempre
alienada,
antiprogresista, antinacional y no contemporánea. El
líder nunca se reconcilió
con el pueblo. Nunca vio en él una criatura de Dios, nunca
lo reconoció, le
gustaría que fuese lo que no es. Nunca vio sus virtudes ni
admiró sus servicios
al país, lo llamó de todo, inútil,
bueno para nada, arrasó su vida y después
que lo vio crecer le negó poco a poco su
aprobación, conspirando para colocarlo
de nuevo en la periferia, sitio que sigue pensando le pertenece" (p.
16). Este
es pues el
sentido de la guerra que montan contra Lula. Es una guerra contra los
pobres
que se están liberando. Ellos no temen al pobre sumiso;
tienen pavor del pobre
que piensa, que habla, que progresa y que hace una trayectoria
ascendente como
Lula. Como se deduce, se trata de una cuestión de clase. Los
de abajo deben
quedarse abajo. Pero ocurre que alguien de abajo llegó
arriba, convirtiéndose
en el presidente de todos los brasileros. Esto para ellos es
sencillamente
intolerable. Los
dueños y
sus aliados ideológicos han perdido el pulso de la historia.
No se han dado
cuenta de que Brasil ha cambiado. Han surgido redes de movimientos
organizados,
de donde viene Lula y tantos otros líderes. Ya no hay lugar
para coroneles y
para los que se sentían caudillos del pueblo. Cuando Lula
afirmo que «la
opinión pública somos nosotros», frase
tan distorsionada por esos medios
rabiosos, quiso enfatizar que el pueblo organizado y consciente
arrebató a los
medios comerciales la pretensión de ser los formadores y
portadores exclusivos
de la opinión pública. Tienen que renunciar a la
dictadura de la palabra
escrita, hablada y televisada y disputar con otras fuentes de
información y de
opinión. El
pueblo
cansado de ser gobernado por las clases dominantes decidió
votar por sí mismo. Votó
por Lula como representante suyo. Una vez en el gobierno
realizó una revolución
conceptual, inaceptable para ellas. El Estado no se hizo enemigo del
pueblo,
sino inductor de cambios profundos que han beneficiado a más
de 300 millones de
personas. De miserables pasaron a ser trabajadores pobres, de
trabajadores
pobres pasaron a ser clase media baja y de clase media baja pasaron a
clase
media. Empezaron a comer, a tener luz en casa, a poder mandar los hijos
a la
escuela, a ganar mejor salario y, en fin, a mejorar la vida. Otro
concepto
innovador ha sido el desarrollo con inclusión social y
distribución de la
renta. Antes había solamente desarrollo/crecimiento que
beneficiaba a los ya
beneficiados a costa de las masas destituidas y con salarios de hambre
Ahora se
ha dado una visible movilización de clases, generando
satisfacción de las
grandes mayorías y la esperanza de que todo
todavía puede ser mejor. Concedemos
que en el gobierno actual hay un déficit de conciencia y de
prácticas
ecológicas, pero hay que reconocer que Lula fue fiel a su
promesa de hacer
amplias políticas públicas dirigidas a los
más marginados. Lo
que la gran
mayoría desea es mantener la continuidad de este proceso de
mejora y de cambio.
Esta continuidad es peligrosa para los medios empresariales que
presencian,
asustados, el fortalecimiento de la soberanía popular que se
vuelve crítica, ya
no manipulable, y con deseo de ser actor de esa nueva historia
política
democrática de Brasil. Va a ser una democracia cada vez
más participativa y no
solamente de delegación. Ésta abría un
amplio espacio a la corrupción de las
elites, daba preponderancia a los intereses de las clases opulentas y a
su
brazo ideológico que son las empresas de la
comunicación. La democracia
participativa escucha a los movimientos sociales y hace del Movimiento
de los
Sin Tierra (MST) -odiado especialmente por Veja, que no quiere ni
verlo- un
protagonista de los cambios sociales, no solamente con referencia a la
tierra,
sino también al modelo económico y a las formas
cooperativas de producción. Lo
que está en
juego en este enfrentamiento entre los medios comerciales y Lula/Dilma
es esta
pregunta: ¿Qué Brasil queremos? ¿Aquel
injusto, neocolonial, neoglobalizado y,
en el fondo, retrogrado y envejecido, o el Brasil nuevo con sujetos
históricos
nuevos, antes siempre mantenidos al margen y ahora despuntando con
energías
nuevas para construir un Brasil que hasta ahora nunca
habíamos visto? A
este Brasil
se le combate en la persona del Presidente Lula y de la candidata
Dilma. Pero ellos
representan lo que debe ser y lo que debe ser tiene fuerza.
Triunfarán a pesar
de los malos deseos de este sector endurecido de los medios comerciales
de
comunicación. La victoria de Dilma dará solidez a
este camino nuevo, ansiado y
construido con sudor y sangre por tantas generaciones de brasileros. También
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