Harrington, ¿Tenemos alguna política de inmigración?

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UNHCR Darien
Un agente del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados revisando el caso de una colombiana refugiada en Darién. De los más o menos 2.300 refugiados ya en Panamá, casi 80% son colombianos. También hay venezolanos, cubanos, centroamericanos y africanos aceptados en Panamá como refugiados. Foto por el ACNUR.

En Panamá vamos de tumbo en tumbo –porque ni los partidos, ni los periodistas forman opinión pública adecuadamente.

¿Tenemos alguna política de inmigración?

por Kevin Harrington-Shelton

 

Los comunicadores sociales han de ser hombres y mujeres comprometidos con la verdad y la justicia. Por lo tanto, en su tarea de informar deben hacerlo correctamente: comunicar la noticia, no fabricarla y menos manipularla…. Tambíén una verdad a medias es una falsedad.
Conferencia Episcopal Panameña
Construyamos juntos el futuro de Panamá (1990)

 

Nuestra política migratoria también cae dentro de un estilo del presidente Juan Carlos Varela, caracterizado por el impulso impensado, sin contrapeso de los diálogos que tanto predica — a otros…

Ejemplo. El “Crisol de Razas” (ideado para evitar compartir la bonanza de la ampliación, aumentando la oferta con mano de obra importada) ha sido extendido, para favorecer primordialmente a una industria turística ya subsidiada. Ahora, ante su baja ocupación actual, los hoteles prescinden de mano de obra local y retienen la importada — la que no tiene igual acceso a la justicia laboral en un Ministerio de Trabajo que (también) funciona a control remoto.

El renovar permisos a quienes sabían que tenían fechas de cumpleaños, para engrosar las cuentas-discrecionales del presidente Varela (y ya no de la Presidencia Martinelli) es absurdo. Reteniendo una tarifa discriminatoria contra “las razas prohibidas” es un escándalo. Y se copa nuestra capacidad de absorber nuevos inmigrantes que necesitan refugiarse aquí. Pese a esa realidad, el Presidente reacciona casi pavlovianamente a las crisis-chic que sugiere Washington, tanto en Venezuela, como en Siria (aunque no así ante la deportación de haitianos desde la República Dominicana –porque son negros). ¡Vergonzoso además resultó su paso-atrás al voto comprometido en la OEA! A sabiendas que allí la presión pública propiciaría una salida rápida al problema, cosa que será poco probable en el petit-comité de un diálogo cerrado, con una menor cobertura en los medios.

Sepa Dios qué nos traerá don Juan Carlos desde Guantánamo, pero ya nos metió en el lío de los sirios. Haría mejor en mirar hacia el Norte (de Europa…) para entender qué implica ésta “política” –porque una vez que lleguen los expatriados kurdos, su estadía no será (muy) temporal. Porque con la Islamofobia actual, en los Estados Unidos tardan 12-18 meses para procesar a quienes sí admiten allá. Esta vez no será como cuando los Marielitos, que sí tenían patrocinadores en Miami.

Históricamente, Suecia había sido el país más generoso hacia los refugiados. Al extremo que hoy gasta $4 mil millones anuales en subvencionarlos @ $700 mensuales — y que hoy ya casi 16% de sus habitantes son inmigrantes (del Medio Oriente y del Africa, mayormente). Pese a que se le reconoce a este país vikingo estar entre los más egalitarios del mundo, el intentar integrar a una economía industrializada a refugiados sin mayores calificaciones técnicas no es fácil: luego de décadas, 40% siguen desempleados. Pero ello no disuade a sus compatriotas a aventurarse hasta la gélida Escandinavia. El bajón en la economía globalizada no augura para bien para Suecia; no demorará una reacción negativa en una población racialmente homogénea.

No obstante, allá como acá los medios de comunicación optan por invisibilizar los verdaderos problemas –para ver si se resuelvan solos. Y así no pisan los callos de sus anunciantes

El Papa Francisco nos brinda un parámetro, recordándonos el segundo Gran Mandamiento: “Ama a tu prójimo, como a ti mismo” (Mateo 22:39). Su Santidad sugiere que en Europa cada comunidad de personas consagradas reciba a dos familias de refugiados. Sugiriendo así fijar un límite a nuestra propia generosidad.

 

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